un gato hace una foto a niños anónimos

¿Proteger o compartir? (denuncias, recuerdos, fotos de bebés y biografías)

Se habla de la adicción de los ‘millennials’ al móvil y las redes sociales, pero ésta se queda corta si la comparamos con la adicción de los conglomerados familiares a compartir y comentar fotos de los bebés de la familia en sus redes comunes, abiertas o privadas. La cosa tiene un nombre: oversharing. Ante la duda, foto con el bebé en Facebook. Con eso se acierta siempre: no ofende a nadie y es un ‘like’ seguro.

Lo peor que te puede pasar al compartir la foto de tu bebé es no recibir respuesta. Comparado con las agresiones diarias por expresar una opinión o compartir una tendencia política, ser ignorado es relativamente inocuo. Los bebés gustan a (casi) todos, y además son una fuente de orgullo para su familia. ¿Qué hay de malo en compartir esos momentos de ternura con los demás?

Pues, para empezar que, como te pases y al que ahora es un bebé y luego será un adolescente menos dócil le parezca que has estado jugando con su intimidad y utilizando su imagen sin permiso, puede denunciarte. Puede denunciarte… y puede ganar el juicio.

A partir de los catorce años podemos decidir sobre el uso de nuestra imagen personal, y eso incluye el uso que hagan de ella nuestros progenitores. Las multas están entorno a los 45.000 euros. La ficción está llena de elucubraciones sobre el uso no autorizado de la identidad (series dedicadas a la distopía futurista, como Black Mirror, pero también otras que se hacen eco de la actualidad, como el capítulo 2 de la séptima temporada de The Good Wife, en el que se relata la denuncia de un hijo contra su madre por utilizar su imagen para lucrarse). Pero esto no es ficción, es una problemática real y actual.

En el artículo Papás, ¡ojo con colgar fotos mías! de Mayte Rius en La Vanguardia (que recomiendo leer porque es exhaustivo y está muy documentado) se entra en este tema en profundidad, dando las razones psicológicas, legales y sociales por las que no es recomendable usar las redes para compartir fotos de nuestros hijos (y sí, eso incluye el Whatsapp).

Si tu familia vive lejos, los expertos animan a usar el correo electrónico para compartir fotos y, aun así, aconsejan seleccionar muy bien lo que compartes.

foto antigua de bebe en carrito

El aviso está dado. Ahora el testimonio:

Cuando nació mi hijo, noté que tenía reticencia tanto a hacerle fotos como a compartirlas. Además de estar ocupada con cosas como la lactancia, el cordón umbilical, cómo sentarme sin dolor y, básicamente, la preocupación continua por mantenerle con vida, lo que sentía era que al fotografiarle colocaba algo entre él y yo; y, al compartirlo, ponía en circulación algo que era suyo y que yo, lejos de regalar, debía custodiar con esmero.

Esto suena muy bien y muy delicado. Casi doce meses después y varios grupos de Whatsapp mediante, al menos una veintena de personas tienen detalles minuciosos sobre sus gateos, sus comidas, sus gorjeos, sus caídas y su simple estar-en-el-mundo sin hacer nada en particular. Como tantas, su familia está dispersa por el globo, y la única manera de mantener un contacto regular es enviar fotos.

Podríamos hacerlo por mail, como recomienda Rius, pero la inmediatez del Whastapp hace que ni siquiera nos lo hayamos planteado. Ya está. Hecho. De una manera suave, sin mucho pensar, sin mucho darle vueltas, mi hijo no ha cumplido un año y la red está ya plagada de fotos que permiten identificarle (suplantar su identidad, detectar posibles enfermedades futuras, anular su propia capacidad de inventar una identidad distinta…)

La huella digital de este bebé que aún no sabe hablar es mucho mayor que la que yo tenía a los 18 años, cuando de alguna manera empezó mi vida pública. Y todo sin pasar por Facebook ni Instagram. Las cosas ahora son más complicadas: A los traumas básicos que le puedes causar a tus hijos se añade que arruinarle la vida por no poder borrar la huella gigantesca de fotos comiendo macarrones que has dejado en la red, como quien no quiere la cosa y sin darle la menor importancia.

Cuando estaba embarazada mi ‘antojo’ fue releer a Nabokov, concretamente ‘Lolita’ y también su relato autobiográfico ‘Habla, memoria‘ (dejaremos para otro post los posibles significados de esto). Este segundo libro es un esfuerzo titánico de recuperación de una vida pasada. En su caso es precisamente la ausencia de rastro la que genera la necesidad de escribir. Nabokov fabrica su memoria, lucha por rescatarla y trata de zurcir un pasado que se dio en un lugar que, en el presente de su escritura, ha dejado de existir. Nabokov atesora los recuerdos de su infancia y adolescencia, los reconstruye en su narración y fabrica un mundo que sólo él ha conocido, y que ya no existe. Tiene fotos, pero no las suficientes para reconstruir el pasado. Los jardines, las casas, las habitaciones, los encuentros, la presencia física de los protagonistas, todo existe sólo en el universo particular que él ha creado con su escritura. ¿Cómo sería ese universo si toda la infancia de Nabokov hubiera estado retratada y retransmitida a través de fotografías continuas, disponibles para cualquiera? Quizá entonces su esfuerzo hubiera consistido en buscar sus recuerdos genuinos más allá de los retratos.

¿Quién soy (más allá de esa imagen que muestran las fotos)? La materialidad de una foto no siempre es amiga de la evocación literaria. De la misma manera, se apodera muchas veces de tu propia memoria. ¿Recuerdo aquel cumpleaños o he construido el recuerdo a través de las fotos y de lo que me contaron mis padres? ¿Las fotos nos ayudan a recordar o se apoderan de nuestra memoria dejando sólo su rastro? ¿Qué historia de vida tendrá que construirse mi hijo para darle sentido a su trayectoria? ¿Le ayudarán las fotos o le impedirán relacionarse con su propia experiencia? Su mundo será distinto al mío, y sus luchas serán otras.

Seguramente este desparrame documental sea algo completamente natural para él, algo que sabrá utilizar y que no le causará mayor problema. Seguramente sus problemas estarán causados por cosas que yo no puedo ni imaginar. Aun así, de momento sólo yo puedo preservar su futuro. Por ello mi respuesta personal -insuficiente, inadecuada, cegada por un presente que no conoce aún consecuencias- es: Whatsapp sí, lo demás no.

Nabokov de niño con un libro
Nabokov de niño, en su casa natal

Y, claro, las excepciones:

Hay muchísimas cuentas en redes sociales de padres que comparten los detalles de su crianza con niños que padecen enfermedades o, simplemente, condiciones especiales o estigmatizadas. En estos casos el compartir es una cuestión totalmente distinta. Se trata de afirmar, de mostrar y de reivindicar un espacio social reconocido e integrado para sus hijos. Compartir es combatir, y las cuestiones particulares en estos casos son lo que importa. Lo que el mundo no quiere ver es justamente lo que debemos mostrar. Eso creo.

Por otro lado, tengo muchísimos amigos que comparten fotos de sus hijos en redes y me encanta verles. No sólo eso, hay mucha gente famosa que comparte su día a día, bebés incluidos, y también me gusta poder seguirles. No estoy pensando en las Kardashian o en Beyoncé (en esos casos el compartir está tan claramente monetizado que cuesta pensar que se está teniendo en consideración el derecho a la intimidad de esos niños), pero se me ocurre como ejemplo el caso de Amanda Palmer y su pareja Neil Gaiman.

No son ultrafamosos, pero son personajes públicos con una presencia muy fuerte en redes que comparten su vida mientras sucede, y una parte importante de esa vida ahora es su hijo. Su objetivo principal no es hablar de él, pero aparece de vez en cuando en sus relatos. Me gustan ellos y me gusta leer sobre su vida, y sobre su bebé. El contraste entre el relato y las fotos. Las redes posibilitan una forma de biografía que se escribe de forma casi simultánea con el vivir, y a mí me encantan las biografías. Visuales o escritas.

Que los autores hablen de todo, de los detalles más absurdos de la cotidianidad: lo que cuesta el papel higiénico, lo que hace tu bebé cuando se enfada y las cosas que dan tanta vergüenza que preferirías morirte antes que contarlas.

Sigo a esta pareja y me encanta que hablen sobre su hijo porque me siento acompañada, porque cuando hablan de cómo meten la pata me reconozco, y cuando hablan de lo que sienten puedo reconocer las emociones. Espero de verdad que su hijo no les denuncie por ello. Sería una pena (aunque esté en su derecho).

Un apunte nostálgico para terminar:

Atesoro las fotos y los vídeos de mi infancia. Hay muchas, sobre todo de algunas épocas. Momentos concretos, espaciados en el tiempo, inconexos. Pero sobre todo hay espacios sin retratar. Grandes espacios de tiempo no recogidos en imágenes. De esas lagunas fotográficas guardo otra impresión. Más física, quizá.

Recuerdo cómo me sentía en tal o cual situación, recuerdo si me encontraba guapa, o segura, o fuerte, o si me dolía alguna parte del cuerpo, la textura de una camiseta o el roce de un zapato. Recuerdo lo que había alrededor. Las caras de los demás, sus reacciones.

De alguna manera esos momentos resuenan de forma mucho más intensa en mi memoria que los momentos de las fotos. Unos y otras dialogan, a veces discuten. Las fotos son la mirada de los otros, los recuerdos son texturas de mi cuerpo y de mi personalidad. El diálogo me gusta, me gustaría dejarle a mi hijo un poco de espacio para ese tipo de recuerdo, para el vacío de información… Pero son ideas románticas, intuyo.

Así que estaré esperando con curiosidad y resignación a ver cómo la vida me muestra lo poco importante que era esto y en cambio lo importante que era… ¿qué? Pues todo eso que no es nuestro y que será solo de ellos. El futuro.

Mientras tanto, echadle un ojo a los settings de privacidad de Facebook y…

¡Sonreíd para la foto!.. o no.

crying baby girl

 

 

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2 comments

  1. Yo sinceramente no creo en esto… comparto con mi familia y en mis RRSS fotos de mi hijo, y lo dejaré de hacer solo si el llega a pedírmelo. El caso de q denunciaron a los padres me parece una locura… yo pienso algo diferente… q tipo de hijo se está criando que es tan poco tolerante con sus padres? Ojo! Q creo q si ya dijo q no quiere q lo expongan hay q respetarlo… pero realmente denunciar a mis padres? Me parece muy fuerte!

  2. A mí no me gusta compartir fotos de mi hijo en las redes sociales. No sólo porque le privo a él de la capacidad de decidir qué identidad digital tiene en el futuro, sino también por motivos de seguridad. De todos modos, como casi todo en la vida, me parece que en este tema lo fundamental es el sentido común: no creo que colgar una foto de tu hijo de vez en cuando sea un problema, pero no entiendo muy bien a quienes ‘exhiben’ su vida minuto a minuto (con o sin menor implicado) o publican imágenes de sus hijos en todo tipo de circunstancias y guisas. Todos tenemos alguna foto en la que salimos muy graciosos pero que no nos gustaría que todo el mundo viera, así que ¿por qué pensamos que a nuestro hijo le va a dar igual en el futuro? Entiendo que ningún padre lo hace con mala intención, pero no sabemos qué vueltas va a dar esa imagen a lo largo de la vida ni en qué manos puede acabar ni tampoco si en en el futuro puede crear un problema a nuestro hijo, sobre todo viendo lo difícil que es eliminar imágenes una vez están en la red.
    La única excepción a esta norma general es Whatsapp, lo confieso, que sí uso prácticamente a diario para que la familia que vive lejos pueda ver cómo evoluciona nuestro peque. Y aunque sea muy absurdo, la verdad es que no tengo siquiera la sensación de que es una red social, y al tratarse de un medio por el que se comparte con un grupo muy concreto y elegido de personas, tengo la falsa impresión de que las imágenes ahí están seguras, a pesar de que una vez que las has enviado dejas de tener control sobre dónde terminan (no sólo porque Whatsapp se las quede, sino también porque los destinatarios pueden, a su vez, volver a compartirlas). Así que incluso por este medio procuro tomar medidas de precaución, como no mandar fotos en las que se le vea completamente desnudo. Me da mucha pena, porque es un bebé en cuya desnudez no hay absolutamente ningún mal, pero tampoco soy tan ingenua como para no saber en qué mundo vivimos.

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