Niños vegetarianos, pues claro que sí

Mi pareja y yo decidimos hace un tiempo dejar de comer productos animales. Por múltiples razones que no son del interés de este post, pero la conclusión es que estamos muy contentos con este estilo de vida. Y cuando nació nuestro hijo, lógicamente, nuestra pregunta era: ¿Puede un niño ser vegetariano?

La respuesta de casi todo el mundo, incluidos los profesionales de la salud, sin pensarlo un segundo, sería “No, ni de broma”. Pero basta con hacer una breve búsqueda bibliográfica para ver que todas las sociedades serias de nutrición y dietética tienen un posicionamiento favorable hacia las dietas basadas en vegetales.

Concretamente, y por citar un ejemplo, la Asociación Americana de Dietética (Academy of Nutrition and Dietetics) dice que “las dietas vegetarianas adecuadamente planificadas, incluidas las dietas totalmente vegetarianas o veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas y pueden proporcionar beneficios para la salud en la prevención y en el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son apropiadas para todas las etapas del ciclo vital, incluido el embarazo, la lactancia, la infancia, la niñez y la adolescencia, así como para los atletas”.

Y no sólo eso: cada vez hay más datos que asocian el consumo de productos animales con distintas enfermedades.  

Obviamente, una cosa es estar convencido de algo y otra aplicarlo, sobre todo si implica a tu hijo. No nos conformamos con leer un par de artículos; nos devoramos todo lo que estaba a nuestro alcance (artículos, libros, webs…). Ambos somos médicos y consultamos con colegas pediatras y endocrinólogos. Y lo que fue más definitivo, consultamos con una nutricionista especializada en dietas vegetarianas, que no sólo nos tranquilizó sino que nos dio las pautas fundamentales que hoy usamos para que la dieta sea lo mejor posible, y asegurar que no haya ningún déficit nutricional. Además, por si fuera poco, localizamos una pediatra española, afincada en Londres, también especializada en este tipo de dietas, que ha sido un gran apoyo.

El factor “científico” ya lo teníamos. Sin embargo, lo que ha sido más difícil es el factor personal. Y es que si en nuestro país se tienen prejuicios hacia algo es hacia las dietas vegetariana y vegana (especialmente esta última). Todo nuestro  entorno (colegas, amigos, familia…) considera que cometemos una enorme imprudencia con nuestra salud, por lo que ni hablemos de la del peque.

Y es muy duro oír comentarios como “a ver si no os tenéis que arrepentir”, “pobrecito, cómo le hacéis eso” y cosas por el estilo, tanto de gente que apenas te conoce como de gente que te quiere mucho. No es una crítica; yo hace un tiempo habría reaccionado igual. Y es que en España hay un profundo desconocimiento sobre nutrición. Incluso en carreras sanitarias, la formación que recibimos es nula o ridícula. Y lo peor es que pensamos que sí sabemos del tema.

En otros países europeos, como Reino Unido y Alemania por ejemplo, son dietas habituales, hay mucha más experiencia y no se le da mayor importancia al asunto.

Hay que decir que la prensa no ayuda. Ocasionalmente salen casos desgraciados de niños veganos que ingresan con gravísimos datos de desnutrición. De hecho, aunque no sean veganos, la sociedad lo interpreta como tal. En estos, el problema no es la dieta de uno u otro tipo, sino una profunda irresponsabilidad de los padres.  

Nuestro niño tiene ahora 15 meses y está sano, feliz, crece y se desarrolla con normalidad. Consideramos que le estamos haciendo un regalo, un regalo para toda la vida, como el titulo de un libro de Carlos González.

Os animo a los que os interese que os informéis. Ése es el primer paso. Por mi parte, en otro post os contaré cómo lo hacemos nosotros.

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