Lecciones de resiliencia

Una de las muchísimas diferencias entre la vida en Camerún y la vida en España es la forma de criar a los niños: aquí la educación es mucho más estricta y se es más duro con ellos. Por otro lado, se les controla menos y se les deja más a su suerte.

Al principio resulta muy chocante, pero en cuanto profundizas un poco, ves que las madres y padres de todo el mundo somos iguales, tenemos los mismos sentimientos de amor hacia nuestros hijos y sólo queremos lo mejor para ellos.

¿Cómo puede ser entonces la crianza tan distinta? Y, yendo más allá, ¿realmente nuestra forma de educar les prepara mejor para la vida?

Obviamente, todo está muy relacionado con el contexto social. Aquí la vida es dura. La gente vive al día y tiene que hacer verdaderos esfuerzos para sacarse las castañas del fuego. Sacar adelante a la familia, vivir con trabajos ultraprecarios o sin trabajo, enfrentar un problema de salud… Y esperar. Esperar, esperar y esperar, en múltiples momentos y aspectos vitales. Desde nuestra perspectiva de la inmediatez, ésa es una de las cosas que más me admira.

Los niños, por tanto, tienen que adaptarse desde el principio. Se adaptan a la familia, en lugar de ser el centro de ésta. Tienen sus tareas, como ayudar a lavar o a preparar la comida, cuidar de los hermanos pequeños o ir a buscar agua. Aunque sea llevar una botellita al lado de la madre, pero la llevan.

No se les ayuda tanto a hacer las cosas: si pueden solos, bien; si no, tendrán que esforzarse más la próxima vez. No se atiende tan rápido sus necesidades. Se les atiende, claro que sí, pero no he visto a ninguna madre con la lengua fuera porque su hijo tiene hambre y la cena no está hecha. Tranquilamente se les transmite que pueden esperar llorando o haciendo otra cosa, pero tendrán que esperar.

Y todas esas pequeñas frustraciones del día a día fomentan esa resiliencia de la que tanto se habla hoy en día y de la que aquí me dan lecciones tanto niños como mayores.

Hay muchas cosas con las que no estoy de acuerdo, ojo. Como utilizar el castigo físico, dar poca importancia a los sentimientos de los niños o tratarles a veces con poco respeto.

Pero probablemente haya un buen punto medio y hay muchos aspectos de la educación aquí sobre los que podemos reflexionar y que, en cierta medida, en nuestra cultura hemos perdido un poco.

La lección con la que yo me quedo es que quizá hacerles un poco menos de caso, permitir que se equivoquen y enseñarles a gestionar la espera son de las mejores cosas que podemos aportar a nuestros hijos para que en el futuro tengan mejores armas para afrontar las dificultades.

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