El saco, ese gran aliado para dormir

Antes de la maternidad, para mí el concepto ‘saco de dormir’ estaba sólo ligado a las vacaciones en un camping. Desde que K. forma parte de mi vida, el saco de dormir también se ha convertido en una palabra de uso diario.

El saco de dormir de los bebés es parecido al saco de dormir de los adultos, pero con la diferencia de que no tiene capucha y que los brazos quedan libres. A pesar de que K. nació en pleno mes de agosto, empezamos pronto a usarlo ya que notamos que, aún siendo chiquitito, se ponía a dar vueltas por toda la cama cada vez que dormía. Nos prestaron uno muy finito, comprado en Zara Home, que envolvía lo suficiente al bebé para que se sintiera arropado al dormir, sin pasar calor, y K. empezó a dormir como un tronco.

Así que a partir de entonces, siempre hemos utilizado el saco de dormir, comprándolo más ligero o más grueso según la estación. Esto nos ha permitido que, aunque estuviéramos de viaje, K. se sintiera como en su cama ya que su Mickey Mouse y su saco de dormir han estado siempre en todas las maletas.

Ahora el saco de dormir va siendo cada vez más largo -¡cuando va a dormir, casi parece un emperador!-, y hemos ido adaptándolo a las preferencias de K. y, en cierto sentido, también a las nuestras. En cuanto a K., le encantan los animales, por lo que siempre tratamos de que tenga un estampado que haga más divertido el momento de ir a dormir: no es lo mismo decir “vamos a entrar en el saco” que “fíjate qué mono tan bonito tiene este saco. ¿Te apetece ir con él a dormir?” (la respuesta siempre es sí).

En lo que respecta a nuestras preferencias, siempre tratamos de elegir sacos con estas características:

  • Grosor: como ya he dicho, tiene que ser adecuado a la estación del año o a la temperatura ambiente. En invierno, K. utiliza un saco grueso en casa pero muy finito en la guardería (lo usa también para la siesta), donde hace un calor tremendo. También existe sacos válidos para las cuatro estaciones, pero teniendo en cuenta el extremo calor y el extremo frío de los últimos años, nunca me he atrevido a comprarlo.
  • Mangas: a pesar de que en invierno un saco con mangas sea más calentito, estas se quedan pequeñas después de muy poco tiempo. Si hace muchísimo frío, prefiero ponerle un pijama más grueso, así el saco dura más tiempo.
  • Material natural: no hace falta gastar un dineral para contar con un saco de material natural que no sólo es respetuoso con el medio ambiente, sino también mejor para la salud. El último que hemos comprado cuenta con la certificación OEKO-TEX®.
  • Tamaño: como en muchos otros casos, mejor que sobre a que falte. Pero que tampoco sobre demasiado porque si no, además de incómodo para el niño, no va a taparle tan bien.

La coincidencia de que hayamos usado un saco de dormir desde el principio ha hecho que K. esté muy acostumbrado a emplearlo. ¡Una muy útil coincidencia!

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