Gracias, guardería

K. lleva yendo a la guardería desde que tiene un año. Nosotros tuvimos la suerte de poder organizarnos para alargar mi permiso de maternidad un par de meses más, y los seis meses restantes nos pudimos apañar para evitar la guardería. Nos parecía que K. era muy bebé antes del año como para pasar todo el día fuera.

Sin embargo, cuando cumplió un año la guardería entró en nuestras vidas y poco a poco se convirtió en la rutina. Desde el principio, K. estuvo de 8 a 17 horas, por lo que la mayor parte del día la pasa con sus profesoras y compañeros

Muchas veces, sobre todo hablando con madres que no llevan los niños a la guardería, me he preguntado si habíamos tomado la decisión correcta y, si las circunstancias fueran distintas -esencialmente si yo no tuviera que trabajar-, si habríamos también llevado a K. a la guardería o se habría quedado felizmente en casa.

Sin embargo, hace poco hemos podido confirmar cuánto aporta la guardería y asegurarnos de que la decisión fue la correcta. Por diversas circunstancias, K. tuvo que estar en casa más de un mes. Al principio, todos disfrutamos de esa situación, pero poco a poco todos, de una manera u otra, nos fuimos cansando y empezamos a estar bastante insoportables los unos con los otros.

K. empezó a perder los buenos hábitos adquiridos gracias a la rutina de la guardería y empezaron las pataletas, las rabietas y los llantos desconsolados por las cosas más absurdas. A pesar de nuestros esfuerzos por hacer planes que no sólo le parecieran divertidos, sino también le cansaran, nuestra energía se iba agotando día tras día.

Al cabo de tres semanas, empezamos a ser menos pacientes con él y a discutir más entre nosotros. El hecho de que K. tenga justo dos años no ayudaba, ya que a las paletas se unieron sus continuos intentos de llamar la atención, desde queriendo estar permanentemente en brazos a, incluso, mordiendo.

Además, K. empezaba a preguntar con cada vez más frecuencia por sus profesoras y compañeros, como si nos intentara decir que les echaba de menos y que tenía ya ganas de estar con ellos más que con nosotros.

Tras un mes y medio, K. volvió a la guardería y yo ese día avisé a la profesora de que le iba a ver muy cambiado, en el sentido negativo de la palabra, por desgracia… Cuál fue mi sorpresa cuando, al recogerle por la tarde, la profesora me dio la enhorabuena. “¡K. se ha portado fenomenal!”, me aseguró. 

Ahora que ya han pasado unos días desde que ha vuelto me he dado cuenta de lo muy feliz que está con sus profesoras y compañeros, y que probablemente les echaba ya mucho de menos. Ya había pasado suficiente tiempo con sus padres y tal vez tenía ganas de estar con otras personas.

Puede que haya niños que son más felices en casa, pero hay ciertamente algunos que consideran la guardería un sitio donde poder ‘por fin’ estar lejos de los padres, ser ‘independientes’ y donde disfrutar de la compañía de otros niños y adultos.

Por cierto, si queréis consejos sobre qué tener en cuenta a la hora de elegir guardería, no podéis perderos este post de Glenda.


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